En La Habana, este verano, un presidente le pidió a su pueblo que cocinara con leña. No es una metáfora: Miguel Díaz-Canel lo dijo en voz alta, sin que se le quebrara la voz, mientras la isla entera se hundía en apagones de veinticuatro horas. Sesenta y siete años después de prometer el futuro, la Revolución terminó pidiendo fuego de monte. Y entonces, cuando ya no quedaba nada que racionar, hizo lo único que le quedaba: se rindió.
El 18 de junio, la Asamblea Nacional aprobó ciento setenta y seis reformas. No las llamaron rendición; las llamaron «Programa Económico 2026», hacer lo necesario para conservar lo esencial. Pero leamos lo que aprobaron, porque la letra no miente: bancos privados por primera vez desde 1959, casas de cambio privadas, cuentas en dólares y euros, empresas estatales convertidas en sociedades que emiten acciones, inmuebles que se compran y se venden, el fin de los subsidios universales, la tierra en usufructo a noventa y nueve años. Todo lo que el comunismo prohibió durante seis décadas, Cuba lo legalizó en una semana. El acta de defunción de una idea cabe, a veces, en un orden del día.
Todo lo que el comunismo prohibió durante sesenta años, Cuba lo legalizó en una semana.
Pero estas reformas no son gratuitas, y el hispanoamericano que las celebre debe entender por qué. Nadie abre, por generosidad, la caja fuerte que custodió durante sesenta años. Cuba no se convirtió al mercado: capituló ante él. Cada permiso que firma es una concesión arrancada bajo presión, no una conquista del pueblo cubano. Y se paga con la única moneda que al régimen le quedaba intacta: la soberanía. Lo que parece una apertura es, leído de cerca, el inventario de una rendición. La isla no está vendiendo su futuro; está entregando las llaves para que otro decida qué hacer con él.
Para entender por qué un régimen que sobrevivió a diez presidentes norteamericanos se desmorona justo ahora, hay que seguir el petróleo. El 3 de enero, una operación estadounidense capturó a Nicolás Maduro en Caracas. Con él se fue el ochenta por ciento del crudo que mantenía encendida a Cuba. Veintiséis días después, Trump firmó la orden ejecutiva 14380, declaró a la isla una «amenaza inusual y extraordinaria» y amenazó con aranceles a cualquier país que le vendiera un solo barril. México —su último proveedor— suspendió los envíos. La Guardia Costera interceptó al menos siete tanqueros. El New York Times lo llamó el primer bloqueo efectivo desde la Crisis de los Misiles de 1962. No hubo invasión. No hizo falta. Bastó con cerrar la llave.
Lo que vino después fue una caída libre. La economía cubana, que ya había perdido casi una cuarta parte de su tamaño desde 2019, se desplomó otro siete por ciento. La población real bajó de once millones a menos de nueve: más de un millón de personas se fueron, una de cada diez. El sistema eléctrico colapsó por completo, no una sino varias veces, con apagones de hasta veinticuatro horas. Y en mayo, el ministro de Energía reconoció lo impensable: no quedaba combustible para mantener las plantas. Un país no se reforma así por convicción. Se reforma así cuando ya no puede respirar.
Y aquí hay que nombrar la mano que mueve la pinza, porque tiene nombre y biografía. Se llama Marco Rubio, es hijo de cubanos, y es el secretario de Estado de Estados Unidos. Para él, Cuba no es un expediente más: es la obra de su vida y, quizá, el trampolín de su futuro. Rubio desempolvó dos leyes que administraciones anteriores dejaban dormir —la Helms-Burton de 1996 y la Ley Libertad— y las aplicó con una literalidad implacable. Más de doscientas cuarenta sanciones en cinco meses. El cerco a GAESA, el conglomerado militar que controla entre el cuarenta y el setenta por ciento de la economía cubana, y a la generala que lo dirige. Un plazo perentorio para que toda empresa extranjera se desligue de ese pulpo o caiga bajo sanción secundaria. Rubio no improvisa: ejecuta una doctrina que repite sin matices.
La economía de Cuba no puede cambiar a menos que cambie su sistema de gobierno. Es así de simple. — Marco Rubio
Ese es el error de cálculo de La Habana, y conviene verlo con frialdad. Díaz-Canel cree que abriéndose deja de ser un objetivo; que si se vuelve mercado, Washington baja el arma. Pero Washington nunca pidió reformas económicas. Pidió otra cosa, y la dijo en voz alta: que cambie el régimen. La Helms-Burton no condiciona el fin del embargo a que Cuba tenga bancos privados, sino a una transición democrática verificable que excluya a la cúpula actual. Por eso las reformas no apagan la exigencia: la encienden. Cada concesión confirma que el régimen está contra la pared, y un adversario contra la pared no inspira clemencia. Invita al último empujón.
Hay además una trampa que el hispanoamericano debe ver con nitidez: por más leyes que firme La Habana, hoy nadie en su sano juicio invertirá un dólar en Cuba. Lo dijo el propio Rubio, sin diplomacia: ¿quién va a poner miles de millones en un país comunista gobernado por comunistas incompetentes? El capital no entra por un decreto; entra por certeza. Y en Cuba no hay ninguna. No hay tribunales independientes, no hay garantía de propiedad —la Helms-Burton, de hecho, permite demandar en cortes estadounidenses a quien lucre con bienes confiscados por la Revolución— y el principal activo del país, GAESA, está sancionado. Quien invierta hoy compra un pleito y un riesgo de sanción. Por eso estas reformas son una vitrina con las luces encendidas y la puerta cerrada: el escaparate está listo, pero el comprador no llegará hasta que entre Estados Unidos. La apertura cubana no espera inversionistas. Espera una bandera.
La apertura cubana no espera inversionistas: espera una bandera.
Y por eso hay que decir con todas sus letras lo que esto es y lo que no es. Esto no es una transición. Una transición es lo que hicieron China en 1978 o Vietnam con el Doi Moi: un Estado fuerte que abre la economía desde el control, marca el ritmo, conserva el poder y crece. Cuba hace lo contrario. Abre desde el derrumbe, sin petróleo, sin aliados, sin caja, sin pulso para imponer una sola condición. No reforma para crecer; reforma para no morir esta semana. Lo que parece una apertura ordenada es, en realidad, una demolición controlada que dejará de estar controlada. Estos pasos no se dieron para construir un país nuevo, sino para prevenir la caída del régimen. Y no la van a prevenir. Solo cambian la causa de muerte: ya no será el estallido, será el desmoronamiento.
Porque las reformas tienen una dirección, y no es la que cree quien las firma. El cubano que mañana abra una cuenta en dólares, que reciba remesas por una casa de cambio privada, que compre acciones de lo que fue una empresa del Estado, ya no vive en la economía de Fidel. Vive en la órbita del dólar, que es la órbita de Washington. El régimen quiso comprar tiempo abriendo la economía; lo que compró fue su disolución en el sistema del que huía. La autopsia lo dirá sin rodeos: el comunismo cubano no murió de un disparo. Murió de una transferencia bancaria.
Levanta ahora la vista de la isla, porque Cuba nunca fue solo una isla: fue una central. Durante medio siglo, La Habana fue el referente histórico, la escuela de cuadros y el articulador discreto de una red continental que se definía, antes que por nada, por su antagonismo con Estados Unidos. Esa red tiene nombre: el Foro de São Paulo, fundado en 1990 por el Partido de los Trabajadores de Lula. En el momento de su nacimiento, el único miembro que ejercía el poder era el Partido Comunista de Cuba. Lo que estamos viendo no es solo el fin de un modelo económico: es la descubanización de la izquierda latinoamericana, el desplome de la viga maestra que sostuvo durante décadas a todo el edificio.
Y cuando una viga maestra cae, lo que cae es el techo. Primero fue Venezuela: capturado Maduro, su sucesora expulsó bajo presión de Washington a los cubanos que sostenían el aparato chavista. Ahora se rinde Cuba. Pieza por pieza, el bloque que durante el sexenio de López Obrador articularon de facto México, Cuba y Venezuela se desmorona. Y con cada caída, México pierde otro aliado del Foro de São Paulo y queda más solo. Morena —miembro pleno de ese Foro— gobierna hoy el que ya es su último bastión. La marea que parecía imparable se retira, y deja a México de pie sobre una playa cada vez más estrecha, mirando cómo el agua se lleva a sus socios uno por uno.
Y conviene decir lo que pocos dicen, porque es el centro del tablero. Aquella red nunca fue solo ideológica. El Foro nació con dos socios fundadores que el mundo conoce por otro nombre: las FARC y el ELN, ejércitos que durante décadas se financiaron con cocaína. En esa tradición, la frontera entre la causa y el cartel siempre fue porosa. Por eso la línea que Washington traza hoy no persigue una ideología: persigue una fusión, la de la política que protege, tolera o se alimenta del crimen organizado. Y ahí México no es espectador. Los señalamientos sobre la connivencia entre el proyecto gobernante y las economías del narcotráfico —las remesas que no cuadran, las plazas que no se combaten, la vena financiera que nadie corta— son, exactamente, el punto donde Estados Unidos apoya el dedo. Cuba era el referente histórico de esa red. México es, hoy, su pieza más grande y más expuesta.
México no es Cuba, y conviene no exagerar. Pero comparten una geografía que ningún discurso deroga: están dentro del campo gravitacional de la única superpotencia del hemisferio, y ese campo acaba de encenderse. Lo que a Cuba le ocurre por la fuerza, a México empieza a ocurrirle por la atracción: aranceles que disciplinan, seguridad que se exige, migración que se negocia, energía que se condiciona, un T-MEC cuya revisión de 2026 se anticipa quirúrgica. Bastó una frase desde Washington para que México suspendiera su petróleo a Cuba; Sheinbaum lo llamó «decisión soberana» porque la alternativa era confesar lo contrario. Cuba aprendió a oscuras dónde está la llave y quién la tiene. México lo está aprendiendo con la luz encendida.
Porque lo que Estados Unidos acaba de trazar sobre el continente es, literalmente, una línea divisoria. De un lado, los países que se integran a su economía y a su orden; del otro, el residuo de la red que durante medio siglo le dio la espalda. La caída de Cuba mueve esa línea hacia el sur y obliga a cada gobierno a elegir orilla. No queda lugar para la ambigüedad cómoda de la no intervención selectiva. Quien no esté de un lado, quedará del otro, y del otro lado ya no hay padrino: ni la URSS, ni Venezuela, ni una Cuba capaz de financiar nada. La línea no se negocia. Se acata o se sufre.
Y aquí debe quedar absolutamente claro algo que casi nadie está conectando: nada de esto habría sido posible sin Irán. La semana pasada expliqué por qué Trump cerró el frente del desierto: no porque perdiera, sino porque ese no era su tablero. Se detuvo en Irán a propósito, para tener las manos libres aquí. Esto —Cuba que se rinde, Venezuela que cae, México que se queda solo, la línea que parte a América en dos— es precisamente lo que ese alto el fuego liberó. Mientras el mundo miraba Ormuz, la jugada de verdad se hacía a noventa millas de Florida. Quien todavía crea que la política exterior de Trump se decide en Teherán no ha entendido nada: se decidió en Teherán para poder ejecutarse en La Habana. Detenerse en Irán fue la condición. Trazar la línea en América fue el objetivo.
Por eso lo que viene no se puede detener, y esa es la palabra exacta. No porque sea justo ni porque sea bueno —de eso no estoy hablando—, sino porque responde a una lógica más vieja que cualquier ideología: una gran potencia, cuando decide ordenar su casa, ordena primero el patio. Cuba se quedó sin patrón y busca, a tientas, volverse mercado para sobrevivir. México se quedó sin margen y busca, con tablas, negociar para no romperse. Ninguno elige el terreno. El terreno ya está elegido. Y las ciento setenta y seis reformas que La Habana presenta como su salvación son, vistas desde Washington, apenas la primera concesión de una negociación cuyo final ya está escrito.
Habrá quien celebre estas reformas como una liberación, y para el cubano de a pie poder guardar un dólar o abrir un negocio es oxígeno después de seis décadas de asfixia. Pero no confundamos el oxígeno con la victoria, ni la caída con la transición. Cuba no abrió la jaula porque dejó de creer en ella; la abrió porque se quedó sin con qué alimentar al animal. El comunismo cubano no fue derrotado por las ideas: fue vencido por la aritmética. Y México, que mira la escena desde la otra orilla del mismo mar, haría bien en aprender la lección antes de que le toque su propia semana de reformas. Porque la línea ya está trazada, y lo que empezó en Irán no terminó en Irán. Apenas llegó a casa.